lunes, 7 de febrero de 2011

Aniversario de bodas





En la tarde hablamos para vernos esa noche, era nuestro aniversario otra vez y habías organizado una cena familiar como hace mucho no hacíamos. La reserva se hizo en el mejor restaurant del centro para las 21 horas en una mesa que daba a un ventanal. Como a mi me gustaba.
Te vestiste de traje como el día que te conocí en el estudio con ese aire de arrogancia que te caracteriza. Te veías tranquilo, contento todos te lo hacían notar... que bien nos veíamos juntos tan jóvenes y hermosos con toda una vida por delante. Creo que tu padre tomó unas copas de más aquella velada, se reía mucho y creo que hasta pude ver su mano buscando las piernas de tu madre.
Mientras los observaba me preguntaba si todo en verdad era tan perfecto, si en realidad me importabas tanto como hacia diez años.
Entre las charlas, el humo de cigarrillo y las copas de vino la noche se escurrió entre los dedos. Al salir nuestro auto no estaba y me sorprendí, dijiste que estaba en el taller por un desperfecto técnico así que tu amigo se ofreció a llevarnos.
Al llegar al 2000 de la calle Alvarado nos despedimos de aquel hombre y subimos a nuestro departamento en el segundo piso. Abriste con un poco de dificultad la puerta y yo me libere con gusto de mis zapatos. Había sido un largo día.
Me ayudaste a quitarme mi abrigo y me abrazaste por detrás. Eras un buen compañero tal vez nuestra vida no estaba tan mal después de todo...
Corriste mi pelo a un costado y con una mano envolviendo mi cintura besaste mi cuello con ternura. Me susurraste al oído cuanto te excitaba a pesar de los años...
Me aparté un segundo para poner música, elegí algo de jazz tranquilo y sensual. Me desabroche la camisa mientras te sentabas en el sillón para observarme, tus ojos brillaban como el lucero en una noche cerrada y eso me encantaba.
Te di la espalda para que bajaras la cremallera de mi pollera, tus manos suaves recorrieron mis curvas. Te saqué la camisa y me senté en tus piernas como cuando tenía veinte años. Nos besamos desesperadamente con la libido encendida. Tus manos bajaban por mi columna hasta llegar a mis muslos. Te ofrecí mi cuello nuevamente mientras sentía tu respiración entrecortada.
Me paré de repente porque me encantaba dejarte así en la nada, me seguiste a la habitación como un lobo en celo. Antes de que vuelvas a tocarme te pedí al oído que me dejarás probar esa droga que habías traído en tu último viaje y no pudiste negarte.
La adrenalina me consumía ante aquella adicción y sé que a vos también... me acosté sobre la cama como una virgen esperando a su amado temblando de miedo y de placer. Apagaste la luz que yo había encendido y prendiste el velador que tenue iluminaba tu figura esbelta y masculina. Tomaste mi brazo como otras veces, lo besaste y rodeaste su circunferencia con una goma elastica. Estaba ansiosa y expectante. Buscaste mi vena con los dedos y esa aguja por fin entró en mi. Ese veneno me invadió en segundos como ninguna otra, mis ojos se cerraron de placer y simplemente dejé de existir conciente.
No podía moverme ni pensar era el néctar más dulce de todos los que había probado. Me desnudaste y todo mi cuerpo se abandonó a tus caprichos. Sentí tus manos tocándome, el calor de tu cuerpo y tu aliento cerca de mí. Yo no podía abrir los ojos pero era excitante y placentero.
Por momentos mi conciencia me abandonaba y por otros mis sentidos se agudizaban al máximo. No había sentido nada parecido.
Tu cuerpo sobre el mío se movía rítmicamente hasta que sentí que otro cuerpo se aproximaba, me costó mucho darme cuenta que ese amigo tuyo que nos había dejado estaba quitándose la ropa junto a mi cama. Me lo que dé mirando mientras desvestía su cuerpo que brillaba con la frescura de su juventud. Me atrajo.
Recuerdo como se acercó despacio y se incorporo al juego que habías preparado. Esa también fue una noche muy larga.
Cuando desperté a la mañana siguiente descubrí su cuerpo a mi lado durmiendo placidamente y comprobé que no había sido un sueño. Escuché la ducha encendida del baño y esperé acostada al lado de aquel hombre desconocido.
Con la luz del sol se despertó y charlamos mientras regresabas. Tenías razón nunca es tarde para ser feliz, en ese momento me di cuenta que había una oportunidad de escapar sin ser lastimados... de esa rutina maldita me hacia años nos venía asechando, maldiciendo, matando.
Y tengo que agradecerte esa noche y ese amanecer que nos regaló una nueva vida que hoy para mí llega a su fin. No estés triste... fueron los cincuenta años más largos de mi vida y por si alguna vez te lo preguntaste...
- Fui feliz...

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